II
Entró y el penetrante frío se
apoderó de su cuerpo. Respiró y se le congelaron los pulmones. Exhaló y salió
una pequeña bocanada de aire muy denso. Antes de examinar la habitación, notó
que esta olía no excesivamente mal, sino a encerrado y viejo. Se notaba el
estado en el que se encontraba la casa por eso. Hasta un ciego podría
describirla. Lo que más le llamó la atención fue una vela situada en el centro
de la casa. Estaba situada en un altar cilíndrico bastante decorado con formas
extrañas, como curvas y símbolos de cuervos. La vela estaba encendida. Pero no
encendida con el color normal de una llama, sino que era un color verde apagado.
Alex se acercó y la tocó. Notó que estaba sujeta al altar y lo más extraño de
todo, que no desprendía calor. Intentó sacar una conclusión lógica de todo
aquello. « No noto el calor por el frío que hace aquí dentro » Pensó. Pero
quién sabe…en aquel lugar todo vale. Decidió seguir examinando la habitación.
Una estantería se hallaba a unos pocos pasos del altar. Contenía libros usados
y bastante descuidados. A pocos de ellos se le entendía la letra.
No encontró ninguna libreta azul.
Allí solo había libros y más libros. Fue hacia el escritorio, que estaba al
lado de la puerta de entrada. Había dos hojas sueltas, escritas con letras
ilegibles. Parte de la suciedad del escritorio venía de la tinta que había
desparramada por su superficie. El botecito de tinta estaba en el suelo, vacío
y su recorrido de tinta por el suelo dibujaba una línea con ondulaciones,
parecida al sonido representado gráficamente. Pero observó que no había ni una
sola pluma en casa.
Tras no hallar nada en la casa,
pensó que era tiempo de descansar. Por suerte allí había una cama. Y por
increíble que parezca, era abrigable y no estaba tan poco cuidada como los demás
muebles de allí. Una sábana la cubría y una manta de piel de oso por encima. La
almohada era lo más normal de ese lugar. O eso parecía hasta que notó algo duro
debajo de ella. La levantó y encontró una libreta gastada y desgarrada, con una
pluma marcando la página final. Algo raro había en la libreta. Tenía candado.
El hecho de que el escrito tan
importante para Alex estuviera bajo candado, le desilusionó, pero no le quitó la
esperanza. Se levantó de la cama y fue al escritorio para examinar bien las dos
hojas que antes ojeó. Tenían dibujos, y uno de ellos era el candado. Y otro la
vela. El último dibujo eran llamas y una casa.
Se pasó bastantes horas durante
la noche pensando mientras cenaba bocadillos de carne que tenía en la mochila. Agua
tampoco le faltaba, podía proveerse en el río si hacía falta. Cuando cerró los
ojos para dormir, le vino una idea descabellada. Pensó que si quizás quemaba el
candado con la vela que no desprendía calor, este se liberaría. En ese momento
estaba bastante lejos del altar, estaba sentado en su cama. Pero decidió
acercarse un poco mientras miraba fijamente la vela. Algo impresionante le
obligó a desviar su atención. Entre la vela y el candado, una estela de color
verde iba y venía. Era como un vínculo entre esos dos objetos. También empezó a
sentir un pequeño calor que aumentaba progresivamente a medida que se acercaba
hacia la vela. Su llama pasó del verde apagado a un verde alegre e intenso.
Fue entonces que Alex acercó el
oxidado candado a la respectiva vela. Era increíble, la vela no consumía las
hojas de la libreta por mucho que alguien pretendiera hacerlo. El candado
estaba curándose al parecer. Pasó de color cobre a color plata, y de plata a
color oro. Por último se quedó en color blanco y se rompió en mil pedazos. Abrió
la libreta, y su boca abierta definía lo sorprendente que es encontrar algo
impresionante para ti, después de tanto tiempo haciéndolo. Alex empezó a leer
por fin lo que él más buscaba. Era hora de saber toda la verdad sobre ese
sitio.
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